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Frank “Frankie” y la medicina

MD. Ipsae Edith Melgoza Toral

 

Limerick es una ciudad irlandesa que bien podría llamarse taciturna y melancólica por definición, aun sin cruzar el océano Atlántico. Frank McCourt nos lleva a recorrer los campos y huertos aledaños a Limerick como Ballinacurra, donde pastan vacas y, con suerte, puedes darte un banquete de manzanas y leche hasta la saciedad, recorrer los callejones de Limerick con todo y las peculiaridades de una vida de arrabal que no posee comodidades urbanas mínimas como electricidad o drenajes, —a veces con acceso a un lavabo para vaciar las cubetas con los desechos humanos de toda la calle, como en el caso de Frankie— hemos imaginado cómo es correr bajo la lluvia con zapatos agujereados a pesar de continuos reparos, inhalando briosamente tanta humedad en el aire que bien podrías estar respirando agua del río Shannon, nos hemos protegido en las iglesias de la gélida lluvia que te cala hasta los huesos, todo para llegar a sumergirse en una atmósfera hacinada de patologías pulmonares, donde la religión católica tenía la última palabra en todos y cada uno de los aspectos de la vida diaria en Limerick.

 

Frankie nos llevó así hasta Irlanda, apreciando todo lo que lo rodeaba desde su inocente perspectiva que apreciaba los más pequeños y esenciales placeres de la vida, subsistiendo con lo mínimo, pero disfrutando de tener un estómago lleno, un techo donde vivir, té y pan por las mañanas, una chimenea para calentarse y un espacio donde correr y jugar.

 

Uno de los momentos más decisivos en la infancia de Frankie fue el primer ensayo que escribió, donde gracias a su ingenio —y al milagro que San Francisco de Asís le concedió— sucedió lo siguiente: luego de ser colocado en el quinto año, de nuevo con Mr. O’Dea, junto a su hermano Malachy debido a su estancia prolongada en el hospital por fiebre tifoidea, Mr. O’Dea le pidió a Frankie hacer una composición sobre cómo sería si Jesús hubiera llegado a la ciudad de Limerick, en lugar de nacer en Jerusalén como se menciona en el Nuevo Testamento de la Biblia Católica; Frankie leyó en clase su composición: “Jesús y el clima”, luego de hacer un repaso de la vida cotidiana de Jesús, concluyó que fue bueno que Jesús no naciera en Limerick pues podría haber muerto de “consumption” (nominación de la época para la tuberculosis), de manera que no existiría la iglesia católica ni maestros pidiendo composiciones sobre la misma; sin saber si había hecho algo bueno o malo, fue cambiado ese mismo día al sexto año con Mr. O’Halloran y todos los chicos que ya conocía.

 

Utilizando la forma de reflexión de Frankie y aplicándola en su vida, aunque su hermana Margaret probablemente sí habría muerto de manera inevitable, (se requiere de un control médico prenatal y otro luego del nacimiento para prevenir posibles patologías, y, aun así, existen muertes impredecibles de lactantes menores) los gemelos Óliver y Eugine con medicamento y complementos alimenticios podrían haber sobrevivido a la neumonía que los arrancó de los brazos de su madre —preferible a las cebollas hervidas con leche y pimienta negra—, su padre Malachy McCourt podría haber tenido un tratamiento médico y psiquiátrico para su alcoholismo, pudiendo evitar así los despidos constantes de trabajos debido a su ebriedad, a Frankie no lo habría debilitado casi al punto de la muerte la fiebre tifoidea que lo mantuvo en el hospital por varias semanas. Su madre Ángela habría podido elegir sobre el número de hijos a tener sin necesidad de que sus “obligaciones de esposa” causaran la llegada de los últimos bebés Michael y Alphonsus traídos por el ángel del séptimo escalón, probablemente habría preferido una salpingoclasia —suena más probable que Malachy aceptara una vasectomía— antes de tener más hijos de los que podía alimentar.

 

Incluso siguiendo esa línea de pensamiento, con tantas manos disponibles de niños trabajadores ávidos por ayudar a su madre a subsistir, Frankie, como el “hombre de la casa” y con la ayuda de sus hermanos, trabajaría como cualquier ciudadano de Limerick en correos, mensajería, minas de carbón o cal, entre otros, lo que les diera unas cuantas libras para ayudar con la renta, comprar pan, té; incluso huevos, salchichas, papa y tocino como manjar del fin de semana, así como cigarrillos Wild Woodbine, el único placer de su madre; unos peniques para el cinema Lyric y tomar una o dos pintas el viernes y habrían vivido en la gloria.

Aunque de la misma manera que Frankie, si todo esto hubiera pasado, Frank McCourt no habría hecho todo lo posible por regresar a Estados Unidos al tener una cómoda vida promedio de un ciudadano de Limerick, no habría conseguido un puesto como profesor universitario luego de trabajar arduamente como empleado en múltiples trabajos, no habría escrito sus memorias “Angela’s ashes”, no habría ganado en 1997 el premio Pulitzer como el escritor talentoso autobiográfico que es, y no habríamos podido recorrer las calles de Limerick en la época de 1940 junto a Frankie.

 

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